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Portada de la edición en papel
Diseño: Luis Jimenez Mesa
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Sumario
Nº 17 Noviembre de 2005 |
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Cochinilla de Lanzarote
Juan Capote/ La vaca del pobre
Camino de las Vueltas de Taganana
David Bramwell/ La mejor laurisilva y el mejor vino blanco
Domingo Sarmiento, hace zurrones
Serie faros: Tostón (Fuerteventura)
Restaurante Frontos
Cenizas del Timanfaya
Luisa, torrente de vivencias
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Número 17 - Noviembre de 2005
| El Reportaje | COCHINILLA DE LANZAROTE
Cultura y paisaje de un insecto
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Haciendo uso de cuchara y milana, Teresa Fernández recoge cochinilla en el cercado de Los Durazneros (Guatiza)./
Y. M.
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El cultivo de la cochinilla, del que Canarias fue un gran exportador durante la segunda mitad del siglo XIX, ha quedado reducido en la actualidad a los pueblos lanzaroteños de Guatiza y Mala. Aquí forma parte singular del paisaje, pero su producción languidece y su cultura camina a la extinción.
Tras la entrada en vigor de la ley de Puerto Francos en 1852, que permitió el libre comercio de Canarias con el exterior sin las ataduras que hasta entonces imponía España, el archipiélago se especializó en el cultivo de cochinilla antes que en el plátano o el tomate. “Había auténtica hambre de especialización”, en palabras del economista Antonio González Viéitez, que destaca dos hechos en el fenómeno de la cochinilla: “la rabiosa celeridad de su implantación y lo ingente de los beneficios que se obtuvieron”. Las islas centrales y orientales centraron la ubicación de este cultivo (el 60% procedía de Gran Canaria) y sus destinos principales fueron la industria textil del Reino Unido (a donde llegaba el 70% de la cochinilla canaria) y Francia (el 25%).
El descubrimiento de tintes sintéticos hundió en una grave crisis a la economía canaria, arruinando a la agricultura apenas unas décadas después y tan rápido como había implantado el cultivo de la cochinilla. Pero no llegó a desaparecer del todo. Transcurrido un siglo y medio, la cría de este insecto homóptero, de donde se obtiene un tinte natural e inocuo de color rojo, se mantiene en la isla de Lanzarote como una actividad económica con arraigo. Los pueblos de Guatiza y Mala son el último reducto de la cochinilla y su cultura, creando un paisaje singular que identifica a estas dos poblaciones del norte de la isla conejera.
Pero la cochinilla canaria de Lanzarote no puede competir con los precios del producto en el mercado mundial, donde Perú y otros países del cono sur americano ofrecen unos precios mucho más baratos. “La última vez que se vendió con fundamento fue en el año 1997”, dice el cosechero Leandro Caraballo Umpiérrez. Los 14 a 17 dólares/kilo que suelen pagarse por la cochinilla peruana están muy por debajo de lo que el agricultor conejero considera rentable. “A 60 euros se podría vender bien”, opina Caraballo que, como los demás cosecheros, deben guardar años y años su cochinilla hasta que los precios suben. “La gente que ha conocido la cochinilla, como mi padre, dicen que siempre ha sido cíclica. Era una cosa de guardar, que en la economía de antes se podía permitir porque era de subsistencia y cuando no había otro trabajo que hacer, se dedicaban a eso. Pero ahora, que hay alternativas donde se gana más dinero, nadie está dispuesto a estar yendo al campo siete años sin cobrar nada, esperando” que pueda llegar, o no, un precio interesante. En Guatiza y Mala, estima este cosechero, hay unas 200 hectáreas, muchas abandonadas y, si son trabajadas, es por personas mayores.
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 Sacos de cochinilla almacenada por Leandro Caraballo./ Y. M. |
“Perú produce 300 mil kilos al año y Lanzarote apenas unos 20 mil. Cuando se produce un fenómeno atmosférico como el del Niño, ellos dejan de producir un año o dos y a los consumidores no les queda más remedio que venir al mercado de Canarias, donde la oferta es menor a la demanda y suben los precios”, sigue explicando. Esto ocurre, como ha dicho, cada siete o más años, lo que hace la actividad inviable y la pone en el camino de su extinción. Con la cochinilla se da color a bebidas como Campari o Coca Cola, a alimentos como el salchichón, a distintos productos de farmacia o, donde más se utiliza, como carmín para pintura de labios./
Yuri Millares
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Amalarico
González usa cepillo y un recogedor hecho con un
tendedero de ropa para capturar la cochinilla./
Y. M.
COSECHEROS
¿Hay solución?
Los cerca de 250 cosecheros de cochinilla de Lanzarote se agrupan en la Sociedad Cooperativa Agraria Guatiza y Mala (que incluye también las aldeas de Arrieta y Tabayesco), cuyo presidente es Amalarico González Betancort. ¿Cuál sería la solución, desde el punto de vista de los cosecheros, para hacer viable el cultivo en Lanzarote? Su respuesta rápida y concisa es: “dinero”.
Y Amalarico González lo explica: “Ya no hay jóvenes en la agricultura que quieran seguir así. Pero hay una fórmula y es muy fácil –asegura–. Se la he explicado al Cabildo pero la quieren hacer
ellos”. Ese ellos se refiere a los responsables políticos del gobierno insular de una isla que lleva años en permanente inestabilidad, con presidentes insulares que cambian en cuestión de meses o están procesados. La desconfianza es manifiesta, por lo que el propio presidente de la cooperativa desde 1994 no cree que al final se hagan las cosas “como deben hacerlas, yo me marcho y que las hagan, para no tener encontronazos y que esto salga adelante”.
“Lo que propongo –entra ya en materia– es que pongan 50 millones en los fondos de la cooperativa, pero no para la cooperativa, ni para los agricultores. Es para poner en funcionamiento una planta envasadora y vender frasquitos de 15 gramos de cochinilla a uno euro. Saca la cuenta: sale a 75 euros el kilo (15 de gastos y 60 para el agricultor)”. Esos frasquitos se podrían vender como recuerdo en los centros turísticos que tiene el Cabildo Insular: Jardín de Cactus, Cueva de los Verdes, Mirador del Río, Jameos del Agua, Montañas del Fuego, Monumento al Campesino, el museo del Castillo de San José; incluso en aeropuerto y muelles. “Porque si no, la cochinilla de Lanzarote ahora mismo está muerta, puede que se recojan dos toneladas anuales, porque el abandono es completo”.
Tras la última gran operación de venta (1997), en octubre de 2004 se hizo otra menos importante (siete mil kilos) a una compañía desconocida que pagó al contado 210 mil euros. “Y ahora no hay esperanza”, insiste Amalarico González, trabajando en sus tuneras para recoger cochinilla porque le gusta, pero ¿hasta cuándo?/ Y. M.
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