Portada de la edición en papel
Diseño: Luis Jimenez Mesa

 

Sumario
Nº 24 Junio de 2006
(final de la III Temporada)

El Reportaje
Los mejores vinos canarios 2006

Recuerdos
José Gregorio González/Luces populares, entre brujas y aparecidos

Senderos
Seima a Playa Santiago
David Bramwell / Los perros locos y los ingleses

Mi Oficio
Amalita, sombreros de Taganana

Patrimonio
Serie faros: Punta Teno (Tenerife)

Menú
Restaurante Solana

Bodega
El Ancón

Historia Oral
Fernando, pocero


Número 24 - Junio de 2006

Sendero | SEIMA-PLAYA SANTIAGO
Tiempos que no volverán

La playa de Tapahuga ofrecía este aspecto en 1995./ Y. Millares.


Desde el pueblo ‘fantasma’ de Seima salen varios caminos. El que se dirige a Tecina y Playa Santiago nos traslada desde las abandonadas huertas de una dehesa que vivió de la agricultura y ganadería tradicional, a uno de los más pujantes núcleos de desarrollo agrícola y turístico de La Gomera.

Habíamos llegado a Seima, en la hoya de Morales, procedentes de la degollada de Peraza, por el camino que sale de Jerduñe. El caserío abandonado de Seima, entre lomadas que bate un aire ventoso, dispone sus casas de modesta construcción alineadas en varias hileras y muy pegadas a la tierra, ahí donde más protegidas están del aire. Sus tejados, en cambio, no han podido resistir los sencillos y pobres elementos constructivos con los que se levantaron y han terminado por desplomarse sobre algunas de las habitaciones y alpendres. Aquí, a pesar de la altitud, tras el éxodo rural se han extendido especies vegetales del piso basal entre la antiguas tierras de cultivo. Crecen tajinastes, balos, tabaibas, espliegos, cabezotes; a cobijo de la protección que ofrecen las paredes de los barrancos están vinagreras, tasaigos y cornicales.

San Juan, hoguera y voladores
[Manuel Mendoza fue uno de los últimos vecinos de Seima. Nació en los llanos de Morales y vivió allí hasta 1955, antes de emigrar a San Sebastián de La Gomera. “En el año cuarenta y pico había casas de familia que no tenían nada. Sembraban a medias y tenían el ganado a medias. Empezó entonces la cosa de los tomateros en el sur de Tenerife y la gente se iba con los hijos”, relata. Él tenía 13 años cuando estaba ya al cuidado de una yunta. “Y mira el sacrificio que tenías que hacer cuando debías ir a la molina a Santiago y volver otra vez. Había que cargar el burrito el que tenía burro y el que no, a lomos”, sigue. Pero también había momentos para la fiesta: “Por San Juan se hacían hogueras y había un entusiasmo grande. De meses antes se ponían a juntar julagas para hacerlas y la gente daba dinero para los voladores”.]

Acompañados por el viento se llega al siguiente núcleo antes poblado [el otro barrio del pueblo de Seima], Contreras, situado a poca distancia del anterior donde iniciamos el recorrido. Solitario como nuestro punto de partida, destaca la casa de dos plantas con balcón que, con su porte señorial, parece indicar su condición pasada de pertenencia a una adinerada familia, en unas tierras que perdieron, seguramente ya para siempre, su condición de prósperas. En este lugar sí podemos ver palmeras, piteras, tuneras o higueras, con preferencia por el cauce del barranco para guarecerse del viento.

El sendero sigue avanzando por vaguadas y lomas y deja a sus lados los restos de antiguas paredes, marcando desaparecidas fincas en las que aún se pueden distinguir eras y pequeñas casas de piedra [utilizadas antaño para guardar el grano]. El descenso hacia la desembocadura de los siguientes barrancos con los que se cruza el camino nos sitúa, a 250 m sobre el nivel del mar, con otras especies vegetales como la orijama y la dama. El clima cálido y seco y la alta insolación de esta zona nos hará encontrar, como fauna más característica, a aves como la perdiz moruna y el zarzalero, llamado también curruca tomillera.


El viejo embarcadero de la playa de Tapahuga./ Y. M.

Tres playas
 

Llegando al barranco de Chinguarime descubrimos el primer paisaje verde: unas fincas de plataneras que salpican la desembocadura de este cauce, con una población natural de vinagreras, verodes, magarzas, tasaigos, tajinastes y cornicales. El camino pasa por Casas de Joradillo y debe sortear dos barrancos más, similares a éste, y con final en sendas playas de callaos, las playas del Medio y de Tapahuga. Tres playas bien delimitadas por Punta Gaviota y la Punta de la Herradura, en la última de las cuales quedan restos de una actividad pesquera que combinó el muelle con el embarque de tomates y plátanos.

Subir al Lomo de Tecina [a continuación] es encontrarse con una próspera sucesión de plataneras que están cambiando su producción por el cultivo de frutos subtropicales. Tras ella se levanta una amplia construcción de diseño integrado con el lugar, el hotel Tecina, propiedad, como las tierras y cultivos circundantes, de la empresa Fred. Olsen. Las fincas se suceden hasta el propio barranco de Santiago, cuya playa es destino de turistas europeos./ Yuri Millares [Extracto del relato incluido por el autor en ‘Guía de Senderos. La Gomera’]

Distancia y tiempo

Partiendo de Seima (520 m de altitud) hay poco más de nueve kilómetros hasta llegar a Tecina y Playa Santiago, pasando por la playa de Tapahuga, al cabo de tres horas y cuarto de caminar./ Ilustración: Y. M.


 

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Seima, un pueblo de casas abandonadas./ Y. M.

CUADERNO DE CAMPO
Los perros locos y los ingleses

En mi primera visita a Canarias en el año 1964 como joven estudiante de Biología pasé un mes y medio en La Gomera, caminando por las veredas de la isla con el saco de dormir. Y al principio iba con una bolsa de muesli, hasta que descubrí la pelota de gofio con almendras y miel y el queso gomero de cabra y oveja. Llegué el 15 de agosto a la degollada de Peraza, un pequeño paraíso para un estudiante de la flora. Normalmente, en pleno verano hay pocas plantas en flor, pero en este lugar la niebla es constante y encontré muchas especies en plena floración, incluyendo algunas plantas endémicas de la isla. Entre ellas recuerdo la col de risco (Crambe gomeraea), varios veroles (Aeonium decorum y A. subplanum), una retama amarilla (Teline gomerae) y una salvia blanca (Sideritis spicata).

Este lugar está en el límite del bosque húmedo de fayal-brezal con elementos de laurisilva y fue me primer encuentro con algunas de estas especies, porque en otros lugares de la isla se encontraban en pleno descanso de verano. Debajo de los riscos había una alfombra de colores, el geranio canario (Geranium reuteri), la morgallana (Ranunculus cortusifolius), la Pimpinella junionae, esta última una pariente endémica de la matalahúga del Mediterráneo (P. anisum) y la violeta (Viola odorata ssp. maderensis). Recuerdo también encontrar una pequeña planta suculenta en las grietas de los riscos que había sido, pocos años antes, una de las muchas especies nuevas descubiertas por don Enrique Sventenius en La Gomera, la Monanthes amydros.

Estuve varias horas explorando este fascinante lugar antes de salir por el caminito hacia Jerduñe y la Fortaleza. ¡Que contraste! La vegetación esparza y seca de las laderas del sureste, con sus tabaibales del endemismo gomero Euphorbia berthelotii, la dura y espinosa Echium aculeatum. El paisaje era magnífico con palmeras aisladas y alguna sabina y, de vez en cuando, en la sombra de una piedra una margaza en flor, resistiendo todavía el sol del verano bastante mejor que el joven botánico inglés. Noel Coward decía en una de sus canciones: “sólo los perros locos y los ingleses salen el sol de mediodía”./ David Bramwell (Director del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo).