Uno de los fenómenos extraños más singulares de cuantos se han comunicado en nuestro archipiélago es el relativo al de la aparición de extrañas luces en entornos rurales diversos, luminarias de aspecto esférico y comportamiento aparentemente inteligente, de las que existen desconcertantes referencias en todas las islas. La tradición las identifica con almas en pena o con artimañas brujeriles.
En 1997 los investigadores Javier Sierra y Jesús Callejo acuñaron la denominación “luces populares” para referirse a este tipo de casuística, una expresión que en su momento también decidimos aplicar a los abundantes casos canarios que se acumulaban en nuestros archivos. Básicamente, el
caso típico es el de una luz que aparece súbitamente en torno a la misma zona geográfica, con un tamaño que oscila entre el que tendría la llama de un cigarro encendido en la oscuridad al de un balón de fútbol. Su color tiende al blanco azulado, aunque los testimonios han hablado del naranja e incluso del verde, coincidiendo en el hecho de la larga duración de la observación y en su desconcertante comportamiento inteligente. Estos detalles son importantes de cara a descartar que se trate de chispas, reflejos lumínicos de material cristalino e incluso gases incandescentes, ya sean fruto de materia en descomposición, como de la geofísica de los lugares de aparición. La larga duración de los encuentros, que se prolongan durante horas en algunos casos, y la capacidad de reacción ante los comportamientos de los testigos, que induce a atribuirles algún tipo de inteligencia, convierte este fenómeno en una intrigante manifestación para la que no tenemos una explicación racional. Aunque pocas veces, el contacto físico también se dio.
Almas en pena
Las indagaciones realizadas para la elaboración de Canarias Misteriosa y Canarias Mágica nos llevaron a reunir más de una treintena de localizaciones de las islas con este tipo de casuística anómala, localizando a testigos de excepción que, además de haber sido protagonistas de observaciones, en algunos casos habían tenido un contacto cercano y muy directo con las enigmáticas luces. El mayor número de testimonios se localizan en la isla de Fuerteventura, siendo la Luz de Mafasca la más popular de todas las luminarias extrañas a las que aún hoy se les puede seguir la estela. Sus apariciones eran muy frecuentes en Antigua y en Betancuria, revoloteando entre casas y molinos para perderse por los llanos que le dan su nombre. Allí, una cruz de madera recuerda la explicación que la tradición popular le ha dado al fenómeno, vinculándola con el alma en pena de varios prófugos que antaño mataron un carnero y lo asaron con la madera de una cruz. Tal sacrilegio tuvo como castigo vagar en forma de luz y, a veces, deambular como carnero cargado con cadenas y cencerros.
En La Palma el caso más conocido es el de Los Hachitos del Time, luces que, recorriendo algunas calles de Los Llanos, se internaban o salían del barranco de las Angustias ascendiendo hasta El Time para desaparecer hacia Tijarafe. Aquí también encontramos una cruz que nos habla de un acto sacrílego, pero con una versión que también la identifica con las almas en pena de los aborígenes que perdieron su vida durante la conquista de la isla. Una vieja tradición de Las Palmas capital nos recuerda que lo que hoy es el Puerto de La Luz, antaño fue el escenario por el que una luz popular realizaba noche tras noche su recorrido, luminaria en todo punto similar a la que también recorría las históricas calles de San Francisco, en Telde. Aquí y en enclaves como Laguna Grande, en La Gomera, la interpretación del fenómeno se buscaba en la acción de las brujas, que desde tiempos inquisitoriales han sido vinculadas en las islas con fenómenos luminosos.
El tema resulta inagotable y apasionante: en La Dama, también en La Gomera, se aparece una luz relacionada con un tesoro escondido; en Vilaflor, los llamados “focos de Marteles” atravesaban los primeros coches que discurrían por aquellas vías; en Teror, la aparición de la Virgen estuvo precedida de fenómenos luminosos, lo mismo que en El Amparo icodense; en Tejeda una luz recorría entre barrancos el espacio entre el roque Nublo y el Bentayga; en Lanzarote, las inmediaciones del castillo de las Coloradas eran testigo de otra luminaria misteriosa. La toponimia es una fuente inagotable de información, como también lo son nuestros mayores, muchos de los cuales fueron testigos directos de lo insólito en unos tiempos en los que el misterio parecía algo cotidiano./
José Gregorio González (Autor de los libros ‘Canarias Mágica’ de Ediciones Corona Boreales, Madrid 2003, y ‘Canarias Misteriosa’ de Ediciones Alternativas, La Palma 2002)
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