Hasta no hace muchas décadas era un pueblo aislado y escondido apenas a unas horas a pie de Santa Cruz. Hoy, Taganana sigue enclavado en un paisaje agreste entre montañas que todavía ven crecer la viña. Y en casa de la artesana ‘Amalita’, se siguen haciendo los sombreros de hoja de palma.
El pueblo de Taganana, en el interior más recóndito del macizo de Anaga, está en la actualidad bien comunicado con el exterior por una carretera que la acerca a las ciudades de Santa Cruz de Tenerife y de La Laguna (aunque sea recorriendo infinidad de curvas entre espesas brumas por el agreste territorio que es su entorno). Junto a la iglesia de este hermoso pueblo, uno de los templos más antiguos del archipiélago, el empedrado de sus estrechas calles está a la vista de Amalia Negrón Manrique, conocida aquí como
Amalita. Su casa, que tuvo debajo salón de baile y bar, asoma sus ventanas tanto a la iglesia como al barranco. “Eran contadas las personas que salían fuera a trabajar”, recuerda aquellos tiempos sin carretera, cuando todos los vecinos vivían de la agricultura, cultivando papas y haciendo vino. “Dicen que antiguamente iban a La Laguna por el camino de Las Vueltas a vender las batatas y a buscar el gofio, pero yo no me acuerdo de eso. Yo de lo que me acuerdo es de ir caminando a Santa Cruz por el Bailadero”. La ruta la hacían un par de veces por semana las gangocheras (que comerciaban con productos de la tierra por las calles de Santa Cruz); pero “la demás gente no íbamos sino una vez al año, cuando había que comprar ropa o algo así”, dice Amalita.
Aún viviendo aislados y teniendo a la agricultura como única base de su sustento, ella reconoce que en Taganana las muchachas eran “señoritas”. La gente de campo, argumenta, “nos diferenciamos de las de la capital, aunque sea en el caminar, pero tú las veías vestidas y no desentonaban”. En su juventud las mujeres no trabajaban en la viña, salvo contadas excepciones (“sólo a llevar la comida para la vendimia”). “Yo de joven me crié de
niña bonita, mis padres no tenían sino a un hijo y a mí, y me criaron más o menos mimosilla. No fui mujer de campo nunca; después que me casé ya me decidí más”, explica, y, no sin reír, relata que con su marido sí iba a las tierras: “Si tenía hierba la viña, a mí me gustaba ir a arrancar, por la novelería”.
Señala el retrato de su suegra, de impecable luto y un cuidado peinado, muy elegante, colgado de la pared. “Sí. La gente iba muy elegante”. Y eso le da pie para comentar algo: “Me acuerdo de una familiar de mi madre que tenía guardado el vestido para la mortaja (entonces los muertos se vestían) y era un traje precioso. Era un traje de brocado no morado, sino del color cardenal oscuro –lo describe embelesada–; era precioso, una falda con vuelo y la blusa (que no se decía blusa sino saquito) era ajustada con muchos botones. Me acuerdo de ponérmelo por los carnavales, como aquí entonces no había nada, y era precioso. Eso hoy sería una joya”. Y había que ir a Santa Cruz a las modistas para hacerse los trajes. “Ya te digo, la gente era señorita. Caminaban pero eran señoritas”.
Ropa muy blanca
Pero para trabajar en las labores propias de las mujeres de su tiempo, usaban un sombrero de palma de ala ancha (como ir a lavar la ropa al lavadero o, si llovía mucho, al barranco: “Se tendía la ropa a curar. Hoy la ponemos en lejía, pero entonces se tendía al sol, enjabonada. La tendías por la mañana y por la tarde venías a torcerla y pasarla por agua clara. Así quedaba muy blanca”). La madre de Amalita hacía esos sombreros; ella misma aprendió muy pronto. “Lo que no se hacía eran tantos modelos como hoy: era nada más que el sombrero de campo, porque las mujeres tenían que estar blancas, eso de ir morenas nada… y si el traje era corto, se hacían unos manguitos”.
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Antes de trabajar la palma, la pone en remojo para que no se parta./
Y. M. |
Amalita trabajó en la centralita del único teléfono de Taganana en los años 50 y allí sentada bordó muchas sábanas, también hizo muchos sombreros (cuando no tenía que levantarse a dar un grito para avisar a algún vecino que lo llamaban: “Pagaban 25 pesetas por ir una persona al Draguillo a dar un recado”). Más tarde llegó “el
boom de los trajes de mago y de las rondallas y había que hacer diferentes sombreros. Primero no se hacía sino el típico de La Esperanza. Después ya empieza que si el de vendimiadora; que si el de pescador; que si el de mayordomo; que si el de la pavera, una señora que se dedicaba a cuidar patos, usaba un sombrero muy alto y con cinco centímetros de ala, yo quiero que me digan para qué quería el sombrero esa señora –ríe–, y después todo adornado alrededor de colores”./
Yuri Millares
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