Fernando Santana y sus hermanos han excavado decenas de pozos en su vida. Cuando querían bajar a uno, para saber si había oxígeno que respirar, ponían una luz de carburo en el cacharrón y lo bajaban: si se apagaba es que había gas y debían ventilar primero con el motor antes de descolgarse ellos mismos.
Fernando Santana González, uno de los 11 hijos de un matrimonio de labradores que en 1938 emigró de Tenoya a Ingenio, en Gran Canaria, tenía nueve años cuando se instaló a vivir con su familia junto al pozo de la Huerta. Entre la escuela y la labranza transcurrió su vida hasta que apenas con 15 años empezó a trabajar en los pozos, junto con sus otros hermanos varones (en total, eran once, hermanas incluidas). Experto mecánico en maquinaria de pozos y en
dar tiro* señala a su alrededor y no ve sino pozos en Carrizal: allí y allí y en aquel otro trabajó, dice. También sacando muertos, en lo que era un experto por muy duro y triste que fuera tener que hacerlo. “Unos se asfixiaban, a otros la corriente los mandaba abajo y había otros que los tiraban”, dice.
A pocos metros de donde se encuentra, el lugar conocido como Huerta de Ponce, cuando relata sus vivencias dentro de los pozos, señala donde ocurrió uno de esos desgraciados hechos. “Todavía estoy en veremos, si lo tiraron o se cayó”, dice con la terrible duda, porque él estaba separado unos metros del pozo y aquel muchacho trabajaba en la misma boca con un maquinista. El maquinista se alejó a buscar una llave y cuando volvió no lo encontró y se puso a llamarlo. “Fui para abajo y tenía la chaqueta sobre la boca del pozo y una talega con un cacho de pan. ‘¿Dónde está Manolo? ¿Dónde está Manolo?’.
Peguemos a mirar y encontramos una alpargata sobre una viga, a seis metros de la boca del pozo. Digo: ‘¡Mira! ¡Abajo!”. Pusieron en marcha los motores para ventilar “por si había mucho gas” y allí estaba el muchacho en el fondo hecho pedazos: “El cacho más grande no pesaba más que cinco kilos. Son 140 metros y de una viga a otra se hizo pizco”.
La experiencia de tantos rescates, en condiciones tan difíciles como el propio trabajo cotidiano (nunca usaron mascarillas, si había gas irrespirable salían lo más rápido que podían y ventilaban con los motores), le permite saber a Fernando si el cuerpo hallado dentro de un pozo fue tirado (o cayó) vivo o muerto. “Si lo tiran vivo se hace pizco, porque va de un lado a otro y muerto no: coge una botella de agua, llénala, suéltala a ver si va de un lado a otro, pero si tiene oxígeno dentro varía; nosotros tenemos aquí, vivos –señala a su pecho– una bolsa de eso, si un hombre lo tiran vivo se despizca todo”.
Sus historias de rescates se suceden (en uno de ellos le ayudó un compañero que sobrevivió a muchos incidentes en pozos y acabó falleciendo al caer de una escalera en su casa). “Me llamaron el año 65 –recuerda un caso especial–, el día de San Juan. Yo venía de la playa, de pescar. Mi mujer estaba ahí, yo estaba aquí en este cuarto, me tendí para atrás a fumar un cigarro y un jeep que llega de la finca de enfrente”. Entonces le dicen: “Fernando, hay dos hombres abajo y ya hace una hora que no dan señales de vida”. Responde: “¡Coño, vamos!”. Uno de los que estaba abajo “era casi como un hermano mío, porque se crió con nosotros de chiquillo”. Cuando llegó al lugar, “arriba estaba todo en orden”, observó, y enseguida se dirige al maquinista: “El
güinche* ese no, tráeme el otro”, porque hay dos güinches, uno eléctrico y otro de correa. Con el de correa bajó con otro “y cuando llegamos ya a medio pozo miro para él y no tenía un color normal, se estaba poniendo un poquito amarillo. Pues paré el
cacharrón* y lo volví a subir”.
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Fernando prende un periódico en una cueva excavada para extraer picón (foto superior). Al bajarlo a la altura de la rodilla (foto inferior) se apaga la llama: no hay oxígeno. Es el gas que asfixia a los poceros./ Y. M. |
Busca otro compañero que le acompañe y vuelve a bajar a la profundidad del pozo. “Llegamos abajo y tenía seis metros de agua de altura”. De nuevo a subir para poner en marcha la bomba y achicar. “Bajé otra vez y allí estaban: uno los pies para el norte y otro para el sur. Tenían los tiros pegados a la pared para dar fuego a la dinamita, muy correcto; ellos aprendieron conmigo porque soy especialista artificiero. Pero se metieron al cacharrón para pegarle fuego a la mecha y en el momento de dar al güinche la corriente, para subir, hizo masa el cable y como estaban mojados...”. Murieron electrocutados. “Esa muerte es feliz, no te enteras de nada”, se consuela. “Con ellos dos ya van cinco muertos en ese pozo”./
Yuri Millares
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