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Uno de los correíllos –buque de pasajeros y carga– de los servicios entre islas de la compañía naviera Aucona, llamado
León y Castillo (hablamos del año 1947), compañía donde por cierto trabajaron como funcionarios mis hermanos Agustín, Juan Luis y José María, me trae recuerdos nostálgicos de mis tiempos de niñez y, sobre todo, de la gran pasión de mi vida por la aventura que supone el navegar. Hasta tal punto que logré uno de mis sueños con tan solo 12 años. Mis lecturas en esa época, con la salvedad de los deberes que traía de mi recordado colegio Viera y Clavijo, eran siempre y hasta la saciedad las obras de Daniel Defoe, Julio Verne, Alejandro Dumas, Mark Twain y otros que pasaron por mis manos. Casi siempre me llegaban por mi querido primo
Chipi (Carlos Hernández de Resko), muerto en plena juventud al igual que su padre Carlos Hernández Millares, que también murió joven.
La lectura de estas obras la prolongaba hasta las tantas, habida cuenta de que la persona que compartía conmigo habitación en casa no era otro que mi hermano Agustín, y con su tabaquismo y la escucha de Radio Pirenaica durante la madrugada “no había ni modo” (como dirían mis primos mexicanos). Todas estas lecturas y el deseo de vivirlas me llevó un día a la conclusión de que tenía que hacer algo y así lo hice.
Complicidad de Chipi
En las vacaciones de Semana Santa me ingenié la manera con la complicidad de Chipi. Ya me había quedado en su casa en otras ocasiones, así que estuvo presente ante mis padres cuando les pedí una vez más si me podía quedar con él, pero esta vez dos noches, a lo que mis padres accedieron gustosísimos. A Chipi le temblaban las piernas cuando salió conmigo de casa. Nunca me olvidaré de aquella mochila vieja (de alguno de mis hermanos) que
requisé para meter en ella una muda y mi timple, que iba conmigo a todas partes, más las cinco pesetas que guardaba en mi monedero, aún sobrantes de las 50 que había cobrado de las clases que ya impartía desde los 10 años a alumnos como Juanito Alonso, Mimina de la Peña, Otilia González, Amparo Guerra, Pepín Belón, Juan José Culato y otros, que fueron mis primeros alumnos de los 48 mil que pasaron por mis manos entre 1945 hasta el pasado 2004.
Y sigo. Cogimos la guagua. Chipi se bajó en Ciudad Jardín y yo continué hasta el muelle de Santa Catalina, acercándome al barco que tanto ansiaba tomar para irme a Tenerife. Sentado en uno de los tantos bultos que esperaban ser embarcados, pasé casi tres horas… hasta que comenzó la llegada de pasajeros con sus familias, más las cargas en unas planchas de madera con dos grandes ruedas tiradas por mulas, tartanas y algún que otro coche pirata de techo de lona que en esa época llamaban
taxi.
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La chimenea del correíllo ‘La Palma’/ Y.M. |
Mucha gente ya tenía pasaje comprado en las oficinas de Aucona S.A. y otros los compraban a pie de escala en el momento antes de salir. Yo seguí esperando a que todo esto concluyera y, por fin, sonó el último aviso de salida con unos estruendosos y ensordecedores escapes de vapor blanco que salían de la chimenea. Suelta de amarras. Aquello a mi me parecía un trasatlántico. Inició su separación del muelle muy lentamente y yo, atrevido de mí, con mis ojos puestos en algún que otro camarero, que se retiraba al interior para atender en el diminuto mostrador-cafetería las peticiones de los recién pasajeros. Fue entonces cuando realicé mi lanzamiento, casi suicida, desde el borde del mismo muelle hasta la barandilla de cubierta por donde momentos antes habían subido todos; la separación era ya de un metro, más o menos… Pero salté y me aferré
heroicamente a uno de los barandales, pasando rápidamente a cubierta y sentándome bajo una de las lanchas salvavidas con un susto de muerte.
Pasó lo más difícil y yo ya era feliz en aquel cascarón llamado barco; comenzaba a sentir los meneos del mismo cuando asomaba por la punta del muelle Grande: proa abajo… popa arriba… babor arriba… estribor abajo… y así hasta Santa Cruz, puerto de Tenerife, durante ocho horas y media. Qué gozo navegando en aquellos correíllos que hicieron historia entre nuestras islas, a pesar de la incomodidad de ir tumbado en cubierta, sin más abrigo que el calor de otros que me acompañaban en esa aventura, que por no tener dinero pagaban pasaje de cubierta. (Continuará)/
Luis Millares Sall, ‘Totoyo’ (Timplista, fundador de la primera Academia de Timple del archipiélago).
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