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La calima es un fenómeno natural bien conocido en Canarias: un millón y medio de toneladas de arena sobrevuelan el cielo canario y caen sobre el archipiélago cada año en los últimos tiempos. Este polvo en suspensión procede de África, afectando a la salud, a la agricultura, al paisaje.
Las invasiones de aire sahariano producen severos daños sobre la economía y la salud de la población de las islas Canarias; causan perjuicios en la calidad ambiental, reduciendo sensiblemente la visibilidad y provocando molestias respiratorias. La situación se complica para las poblaciones de riesgo, especialmente niños pequeños, ancianos y enfermos con afecciones respiratorias. Numerosos estudios epidemiológicos han obtenido suficientes datos de la correlación significativa que existe entre la exposición a las partículas en la atmósfera y diversos efectos adversos sobre la salud. Algunos trabajos muestran la relación entre el aumento de la incidencia de enfermedades, como el asma en la población infantil, y una mayor exposición al polvo en la isla Trinidad (Caribe). Estudios en Canarias indican una mayor incidencia en las crisis respiratorias durante los episodios de polvo africano. Sin embargo, todavía está poco estudiado el impacto que los patógenos presentes en el polvo africano podrían provocar en la salud de los seres humanos.
La incidencia sobre enfermedades del sistema respiratorio es en gran parte debida a los pequeños tamaños de las partículas de polvo. Durante los episodios de polvo un porcentaje importante de las partículas recogidas (50-60%) tienen un diámetro menor a 10 micras (PM10). La legislación sobre Calidad del Aire de la Unión Europea (directiva 1999/30/CE) indica cuáles deben ser las concentraciones máximas para este rango de tallas, ya que existe evidencia de que originan efectos adversos sobre la salud. Las partículas PM10 tienen un tamaño suficiente para penetrar en la región traqueobronquial, pero sólo aquellas de diámetro menor a 2.5 micras pueden alcanzar la cavidad alveolar y, por tanto, provocar mayores afecciones.
Cuando el polvo se deposita en los océanos y en los continentes, puede afectar a los seres vivos en mayor o menor grado. Un ejemplo de estos efectos es el desarrollo de enfermedades en los corales del Caribe, que algunos científicos atribuyen directamente al impacto del polvo africano, debido a su contenido en esporas de hongos que pueden infectar o dañar seriamente a los organismos. Otros ejemplos muestran cómo los ciclos biogeoquímicos de los ecosistemas terrestres de Sudamérica se ven alterados por la sedimentación de este material eólico. El polvo mineral, al depositarse sobre las hojas de las plantas, afecta a la fotosíntesis y, por tanto, limita el crecimiento de las mismas. Por otra parte, la deposición de estas partículas puede provocar acidificación y eutrofización en suelos y aguas superficiales y así, también, afectar al desarrollo de la vegetación.
Polvo y clima
La cantidad de polvo atmosférico suspendido es un proceso relacionado con el clima. La creciente desertización de los territorios, bien por el cambio de uso de los suelos, bien por la mayor incidencia de la sequía, está provocando el aumento del polvo en la atmósfera. Por otra parte, el incremento de las concentraciones de partículas en la atmósfera puede, a su vez, modificar el clima. Los dos aspectos se retroalimentan, el polvo afecta al clima y el clima determina la cantidad de polvo en la atmósfera.
La vida en la Tierra es posible gracias a un delicado balance de energías entre la luz solar que llega y el calor que produce la superficie terrestre. Este delicado balance es el que determina la temperatura en la superficie de la Tierra, siendo responsable en gran medida de su existencia un conjunto de gases que genéricamente llamamos
gases invernadero. Dentro de este sistema, las partículas presentes en la atmósfera también juegan su papel: pueden reflejar o absorber parte de la energía, lo que se traduce en un efecto de enfriamiento o calentamiento. Existen variables como la concentración, la composición y las propiedades físicas de las partículas que determinan cuál será ese efecto.
Hoy sabemos que las concentraciones de polvo mineral han cambiado en las distintas épocas por las que ha pasado el clima de nuestro planeta. Lo ha puesto de manifiesto el estudio de muestras de hielo recogidas en el continente antártico. El agua, al helarse, deja pequeñas burbujas de aire entre los cristales de hielo que son una muestra de cómo era la composición de la atmósfera en la época en que se formaron esos hielos. Esas minúsculas burbujas nos dicen que durante los períodos fríos (épocas glaciares) las concentraciones de polvo eran muy altas y, por el contrario, las de dióxido de carbono eran muy bajas.
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Zona del Charcón en la playa de Las Canteras (Gran
Canaria), oculta bajo el cielo naranja de una
intensa calima de invierno./ TINO ARMAS |
Hipótesis polémica
¿Podrían los gases invernadero que están produciendo el calentamiento global del planeta variar en función de las concentraciones de polvo en la atmósfera? Esta es una de las preguntas a la que muchos científicos tratan de responder desde diversas perspectivas. Una de las visiones más interesantes fue la aportada por el oceanógrafo John Martin (1988) y es conocida como la “hipótesis del hierro”.
Propone que el hierro es un micronutriente esencial para la producción vegetal en las aguas del océano sur, de tal modo que su deficiencia en estas aguas es la que limita la productividad de las mismas. Ya que los minerales contienen hierro, un aumento de la entrada atmosférica de polvo a las aguas superficiales, podría incrementar el hierro, y éste podría estimular el crecimiento del fitoplancton. Como estos organismos pueden eliminar el dióxido de carbono atmosférico, en definitiva, lleva a la idea de que la estimulación de la productividad de los océanos puede regular las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera. Esta hipótesis no está exenta de gran controversia, sobre todo, por el hecho de tratar de esgrimir la “fertilización de los océanos” como solución al problema de la contaminación por dióxido de carbono, frente a la disminución de las emisiones de gases invernadero requerida por el Protocolo de Kyoto./
Mª Dolores Gelado Caballero (Doctora en Ciencias del Mar, es profesora de la ULPGC).
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