Portada de la edición en papel
Diseño: Luis Jimenez Mesa

 

Sumario
Nº 19 Enero de 2006


El Reportaje
Pastores en trashumancia

Recuerdos
José Abu-Tarbush/Los jarandinos

Senderos
Pájara- Tiscamanita
David Bramwell/Último resto del bosque majorero

Mi Oficio
Nino el Cabrero

Patrimonio
Serie faros: La Entallada (Fuerteventura)

Menú
Restaurante Anthuriun

Bodega
Viña Frontera

Historia Oral
Eugenio, constructor de salinas


Número 19 - Enero de 2006

Sendero | PÁJARA-TISCAMANITA
Entre dos vertientes y con un burro (y II)

Fernando Roger y ‘Beethoven’ pasan por delante de la iglesia de Pájara./ Y. M.


El viaje de vuelta de este sendero rememora las caminatas de vecinos de Pájara en dirección a Tiscamanita, pueblo con varios molinos de gofio a lo largo de su historia. Regresando por una ruta que se dirige a la majada de la Rendija, el viejo camino en desuso apenas se muestra aquí algo visible.

Fernando Roger Hernández vuelve a colocar la albarda de tela de saco sobre el burro Beethoven y se prepara para partir después de haber comido y descansado en Casa Isaítas, casa de turismo rural y restaurante que regentan Pilar Marañón y Mercedes Fernández. Manuel Batista, vecino de Pilar y Mercedes que durante la rehabilitación de la casa les construyó el horno de pan, recuerda que aquello había sido de su tía Susana, aunque siempre se conoció por “casa Isaítas”, el nombre de su marido.

En los alrededores de Pájara se pueden ver las ruinas de un molino de gofio en el lugar conocido como Casas de Corral Blanco. “No sé quién lo hizo, yo siempre lo vi así. Es un sitio bueno para vientos, pero no sé qué les cuadró después, que nunca llegó a funcionar. Llegó a tener las maderas puestas y se las quitaron”, relata Manuel Batista, que señala a las también ruinosas casas junto a lo que queda del ingenio de viento: “Allí hubo gente viviendo, en esas casas. Han venido a escarbar porque dicen que la gente de antes enterraba los dineros. Y esa casa la echaron abajo escarbando porque decían que tenía dinero”.

Dinero escondido
A falta de molinos en funcionamiento en Pájara, los majoreros del pueblo y zonas cercanas acudían a Tiscamanita a moler su gofio. El propio Manuel Batista fue uno de los que hizo el camino muchas veces y recuerda una anécdota a propósito de esa antigua costumbre local de esconder dineros en las paredes de las casas que otros encontraban muchos años después. “Cuando eso, había una máquina de moler en Tiscamanita, de una señora que se llamaba María Peñate, que era la única máquina de motor en la isla; los otros eran de viento y usted llevaba un puño de grano y si había viento se lo molían y si no, había que estar allí todo el día”, o perdía el turno. “Claro, la gente muerta de hambre, cuando venía el reparto, que le decíamos, todo el mundo con el millo íbamos al molino y el molino lleno”. Pero en Tiscamanita, “como tenía motor, iba uno y se lo molían en el día”.

A lo molinera se le pagaba en dinero, con perras chicas (moneda de cinco céntimos de peseta). María Peñate tenía también una tienda de tejidos de ropa, “porque por aquí no había ni tiendas, había que ir a Puerto del Rosario a comprar una camisa, ¡si se conseguía!”, y un día se presenta a comprarle una mujer que había encontrado una vieja moneda de esos dineros escondidos. Se le parecía a una perra chica y después de moler el gofio fue a la tienda: “mire doña María, deme...”, puso la moneda encima del mostrador, “...deme esto de hilo”, sin saber si le daba para un ovillo o para dos. “Mira, yo no tengo tanto hilo para todo este dinero”, le respondió la molinera. “Entonces se trancó el pico la mujer y se fue para la casa...”, con la moneda, sigue su relato Manuel Batista.

Rebuznos en el camino
Salimos, pues de Casa Isaítas y atravesamos la calle principal de Pájara dejando a la izquierda la iglesia. Salimos del pueblo y, también a la izquierda, bajamos al barranco después del puente que lo atraviesa. El cauce nos lleva directamente a Toto, entre palmeras y gavias con granaderos, no sin antes pasar junto a una gavia en la que hay dos burras. Beethoven detiene su paso y dedica unos cuantos rebuznos a sus congéneres del sexo opuesto, hasta que Fernando Roger lo vuelve a poner en movimiento, no sin cierta resistencia de aquél.


Bizcochón de tuno y gofio, especialidad de Pilar Marañón en Casa Isaítas./ Y. M.

Después de Toto, salimos del cauce del barranco y seguimos por la pista asfaltada que conduce a las casas del Cortijo de Toto. El asfalto termina, pero la pista sigue de tierra hacia unos invernaderos abandonados. A la derecha se levanta, atractiva, la ladera de La Culata, en cuya cima unas antiguas terrazas orientadas al norte todavía ven crecer almendreros, morales e higueras. El lugar cuenta con dos fuentes (manaderos) y por los alrededores, en el terreno libre que ocupan las tabaibas, los cazadores encuentran un buen terreno donde practicar su afición. Dejamos los invernaderos y comenzamos un suave ascenso, hacia la degollada a nuestra izquierda, que transcurre por un camino casi desaparecido pero a ratos visible. En lo alto del paso a la otra vertiente de la isla, descendemos por la majada de la Rendija con la vista, a la izquierda, de las tierras de El Chamuscado y sus tuneras de cochinilla ya silvestres; al fondo, la aldea de Agua de Bueyes y, más cerca, el pueblo de Tiscamanita./ Yuri Millares

Distancia y tiempo

El camino entre Pájara y Tiscamanita por rutas prácticamente abandonadas tiene, en la variante que aquí presentamos, un recorrido algo más corto que en la ida. Salimos de Pájara con el guía majorero Fernando Roger (629 851 794) y en dos horas y unos cinco kilómetros llegamos a Tiscamanita, después de atravesar –igual que en la ida– la aldea de Toto./ Ilustración: Y. M.

 

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Antiguo molino de viento
de Tiscamanita./ Y. M.

CUADERNO DE CAMPO
Último resto del bosque majorero

En el macizo de Betancuria hay barrancos, como el de Río Palmas y el de la Peña, llenos de vida natural, de palmeras y tarajales y de aves como la tarabilla y la ganga (exclusiva esta última de Fuerteventura). En abril de 1969 tuve la gran suerte de pasar un par de días en Betancuria con Don Enrique Sventenius, explorando esta parte de la isla. Bajamos desde el pueblo hacia la costa oeste hasta el Puerto de la Peña y Ajuy y, posteriormente, visitamos Pájara y los Riscos del Carnicero. Uno de los lugares mas interesantes era un barranco que Don Enrique llamaba “Barranco Grande”, aunque me parece que es más correcto el nombre de Valle del Gran Barranco. Allí encontramos un antiguo acebuche (Olea cerasiformis)con su grueso y retorcido tronco fuera del alcance de las cabras, metido en una grieta del risco. Uno de los últimos restos del bosque termofilo de Fuerteventura, la vegetación original de la isla.

Recuerdo bien este barranco. No solamente por este árbol, tristemente solitario, sino también porque pasamos todo el día (desde las siete de la mañana hasta el anochecer) sin ver una sola persona ni oír sonido alguno que no fuera el de la naturaleza pura; el vuelo en círculos de un cernícalo dispuesto a defender el nido si nos acercamos demasiado a “su” risco, las tarabillas moviéndose constantemente entre los tarajales del fondo del barranco, los cuervos dando vueltas más alto y participando, de vez en cuando, en un escandaloso enfrentamiento con el cernícalo. Yo me imaginaba cómo serían las islas en la epoca de Webb y Berthelot, o incluso, más cerca, en los tiempos de David Bannerman, sin coches ni camiones.

De esta excursión no se puede decir que descubriéramos grandes tesoros de la botánica, pero encontramos la Caralluma burchardii, Asteriscus sericeus (botonera), Reseda crystallina, Euphorbia balsamifera y una pequeña población de Echium bonnetii subesp. Fuerteventurae. Como cita nueva para la isla de Fuerteventura encontramos una pequeña planta parasitaria de las raíces de la botonera, la Thesium humile, especie bastante rara en Canarias./ David Bramwell (Director del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo).