Portada de la edición en papel
Diseño: Luis Jimenez Mesa

 

Sumario
Nº 19 Enero de 2006


El Reportaje
Pastores en trashumancia

Recuerdos
José Abu-Tarbush/Los jarandinos

Senderos
Pájara- Tiscamanita
David Bramwell/Último resto del bosque majorero

Mi Oficio
Nino el Cabrero

Patrimonio
Serie faros: La Entallada (Fuerteventura)

Menú
Restaurante Anthuriun

Bodega
Viña Frontera

Historia Oral
Eugenio, constructor de salinas


Número 19 - Enero de 2006 

Recuerdos | ÁRABES EN CANARIAS
Los jarandinos

La famosa tienda de tejidos de Yrsheid Said (más conocido como Santiago Said), en el kiosco del puente de Palo de Las Palmas en 1957. El comerciante, junto a clientes, empleados y algún sobrino, es el quinto por la izquierda./ CEDIDA POR PEPA SAID


Procedían del Líbano, Siria y Palestina, sobre todo de sus zonas rurales. En su gran mayoría eran jóvenes varones y solteros, con más ganas que recursos para ganarse la vida y probar fortuna. Algunas familias de la región se unieron a la odisea, aportando la diversidad de género en la que sería conocida en la sociedad isleña como “la colonia árabe”. Sus integrantes, por lo general, tenían noticias de las islas mediante las cartas de llamada de algún miembro de su familia o parentela, o bien de un amigo, vecino o conocido de su misma aldea. Así, paulatinamente, se fueron tejiendo unas redes familiares y comunitarias que atrajeron a nuevos inmigrantes, por lo que es frecuente encontrar en el seno de la comunidad árabe lugares de origen común y relaciones familiares, de parentesco, vecindad o amistad.

Otros, sin embargo, los pioneros, habían llegado previa y azarosamente a las islas. No en vano los puertos canarios eran una estación de paso para los buques de larga travesía. Los barcos que partían del Mediterráneo oriental, con destino a América, repostaban a su paso por el archipiélago. No era de sorprender que algunos miembros de su pasaje desembarcaran en suelo isleño por razones diversas, pero con el denominador común de continuar con su propósito de “hacer las Américas”.

La emigración árabe a América data desde la segunda mitad del siglo XIX. Fue conocida como la “emigración turca”. Sin embargo, quienes la protagonizaron eran súbditos árabes del Imperio Otomano, que dominó buena parte de Oriente Medio hasta la Primera Guerra Mundial (1914-18). De ahí que durante este período los emigrantes árabes portaran la nacionalidad turca, y que en el continente americano fueran denominados como “turcos”. Apelativo recogido en la propia literatura latinoamericana hasta hoy día.

40 “turcos” en 1917
En Canarias fueron conocidos como jarandinos o, también, pero menos, como jarabandinos. Se tienen noticias documentadas de su temprana presencia en las islas o de paso por éstas: 40 personas de nacionalidad turca se registraban en Canarias entre 1917 y 1918. Este número se elevaría discretamente durante los años cincuenta y sesenta, alcanzando su pico más alto en 1959 con 674 inmigrantes de Oriente Próximo. Fueron llegando a cuentagotas, muy ligeros de equipaje, con prácticamente lo puesto. A veces con unos cuantos dólares en el bolsillo, y otras ni eso. Pero poco importaba la cantidad de sus ahorros. Su capital inicial no era económico, sino familiar y social. De hecho, fue en este ámbito desde el que comenzaron a realizar sus primeras proezas comerciales. Algunos destacados comerciantes de la comunidad facilitaban a los recién llegados un buen surtido de mercancía que, desde los primeros días de su estancia, cargaban en fardos y vendían en los barrios de las urbes y en las zonas rurales.

De esta manera fueron construyendo una cartera de clientes, sobre todo entre las clases más populares, a las que facilitaban el acceso a una variada mercancía y a las facilidades del pago a plazo. Con mucho esfuerzo, trabajo y ahorros abrieron sus primeros establecimientos: tiendas de tejidos, principalmente. Al mismo tiempo se ganaron el respeto, la aceptación e incluso el cariño de la gente. No fueron infrecuentes los matrimonios mixtos y, por extensión, una descendencia plenamente integrada en la sociedad isleña, con varias generaciones a cuestas./ José Abu-Tarbush (Profesor de Sociología de Universidad de La Laguna).

 


 

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Portada del primer número de ‘Junonia’, periódico semanal “que tiene por principal objeto la defensa de los intereses de la Gomera”, según reza su cabecera el 2 de enero de 1920./ EL MUSEO CANARIO

CURIOSIDADES DE HEMEROTECA
Junonia

2 enero 1920
Quejas
Llamamos la atención al Sub-Delegado de Marina de esta isla, por si se digna prohibir se tiren las basuras en la playa, pues además de ser uno de los sitios más concurridos por el vecindario, por allí desembarca el pasaje que nos visita y esto desdice de la cultura y saneamiento de esta Villa.

9 febrero 1920
De Hermigua [teléfono interurbano…para los barrios]
Se está gestionando la concesión para instalar las líneas de teléfono interurbana en este pueblo, que tanto beneficio reportaba; dado que las grandes distancias que separan los distintos barrios que forman el término, hacen difícil de comunicación entre los habitantes y la central, enclavada en Las Hoyetas. No es para todos accesible el difícil arte de silbar.

2 abril 1920
El silbo de los gomeros
Alguien (...) me había adelantado en Santa Cruz de Tenerife, que hubo un día necesidad de cerrar las ventanas del edificio donde está situado el Juzgado de primera Instancia, con ocasión de celebrarse en el mismo un juicio oral procedente de la Gomera, porque desde la plaza, silbando, comunicaba el testigo que acababa de salir de la Sala de prestar su declaración al que había luego entrado en ella a su vez a declarar, lo que a él le habían preguntado y la contestación que debía dar para no incurrir en contradicción. Tenía, pues, verdadera ansiedad por (…) ver de cerca cómo y de qué manera se producía esa especialidad; pues oír silbar, se puede decir que lo estaba oyendo desde que entré en la rada, llamada malamente “Puerto de San Sebastián”. (...) Por más que todos se esforzaron en que pudiese recoger en mi oído las letras que silbando pronunciaban no me fue posible, pues se necesita un oído finísimo y perfectamente educado para el silbo, que no se adquiere más que desde la niñez. (De un libro de JUAN MALUQUER que visitó a esta isla en 1905, siendo fiscal del Tribunal Supremo.)