Nino el Cabrero, pastor de cabras en el municipio tinerfeño de Tacoronte, se crió “mamando en un cabra” y con estos animales ha estado casi toda su vida. Retirado hace poco, su rebaño caminaba con collares que él mismo hacía, comiendo cornicales, tederas, hinojo, rosquillas y tuneras.
Antonio Fernández Barrio, Nino el Cabrero, ha sido pastor como antes lo fue su padre. Hasta hace pocos años, madrugaba cada día y antes de ver la luz del sol ya estaba ordeñando, para salir después con las cabras a caminar “hasta la tardecita”. Su rebaño solía superar el centenar largo de cabezas e iba con un perro que le ayudaba a manejarlas; a veces con dos, si tenía un cachorro al que estaba enseñando. Con el perro que sabe iba primero llevando al cachorro, para que se fuera fijando, “pero después lo iba llevando solo, porque, si no, se arregosta a ir con el perro y el día que no llevo el perro pues no va él. Se le queda mirando a ver si lo ve”, dice.
“Un perro de cabras no es igual al de casa”, explica, “el perro de cabras tiene que ser tirando a lobo, como nosotros decimos. El mejor para aprender es el majorero”.
Cerveza para el empacho
Aunque para algunas enfermedades de la cabra acudía a la farmacia, “si es de empacho, porque se empachan muchas, le daba una cerveza”. O dos, haciendo beber al animal directamente de la botella. “Eso le revuelve y bota el millo. Otros le dan orines, pero lo mejor es la cerveza. Me lo enseñó un cabrero que está en la cumbre de Arafo, que estuvo con una finca arrendada aquí y estuvo conmigo y aprendí eso. Él lo que le daba a una cabra empachada es cerveza. Hay que echársela por la boca, porque sola no se la bebe: la botella la metes en la boca y se la bebe”.
Sus cabras, de raza tinerfeña lucían el tradicional collar entachado y las criaba seleccionando, entre otras cosas, el color. Sus favoritas son negras y coloradas; blancas no tenía ninguna. “De blanco, no. Bueno, hay quien tenga blancas porque le gustan, a mí no me gustan”. Y a partir de ahí les ponía nombre para identificarlas: los colores básicos y sus respectivos nombres son
Negra, Colorada o Morisca, pero hay que completar su nombre-descripción porque se repiten los colores y entonces las llama, “si son coloradas, a suponer,
Clavellina, Amapola, Naranja, los colores así. Una cabra negra, la
Mora, la Romera, la Morisca, la Pichona, la
Cardona”.
Llegado el momento de dar una orden a las cabras, silbaba si están lejos o las llamaba por el nombre “y vienen para atrás”, pero usaba también el perro, cuya simple presencia a veces es suficiente para que el rebaño esté controlado, obedezca y camine sin salirse del terreno por donde el pastor quiere que esté. “Ellas le tienen miedo al perro y aunque él no vaya, llamas por el perro y ellas se vuelven”./
Yuri Millares.
El pastor coloca el collar entachado en el cuello de una de sus cabras./
Y. M.
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