De las 25 salinas que llegó a haber en producción en toda Lanzarote, sólo dos continúan en funcionamiento: las famosas de Janubio y las más ocultas de Los Agujeros, por estar en una zona poco transitada. En estas últimas trabajó desde los 12 años Eugenio Delgado, primero construyéndolas, después sacando sal.
Eugenio Delgado Abreu nació en Guatiza el año 1928 y empezó a trabajar en 1940 en la construcción de las salinas de Los Agujeros. “Desde pequeño ya estaba ahí, detrás de los camellos llevando serones de tierra para los cocederos y las salinas, y después seguí allí trabajando haciendo salinas, cogiendo sal y cosas de esas”, relata. El padre y un tío de Eugenio que vivía en La Palma (José Manuel y Francisco Delgado García, respectivamente) fueron quienes emprendieron la obra. La tierra fue transportada con camellos y carretillas “de allí mismo, detrás de los molinos”, pero como no fue suficiente, se trajo más “de Los Cocoteros, el pueblito aquel que está allí”, señala al vecino asentamiento de apartamentos y casitas junto al mar. Su topónimo original es El Riadero, “hasta que empezaron a construir las casas y le pusieron Los Cocoteros –recuerda–, pero al terreno aquel le decían Los Agujeros, lo de más alante le decían El Redero, más atrás la Cueva la Arena y alante la playa de Cho Joaquín”.
A Eugenio le tocó trabajar en su construcción desde muy temprana edad, pues tenía 12 años cuando llevaba y traía los dos camellos de su padre, llevando tierra para rellenar lo que serían las salinas. La tierra se mojaba y se aplanaba “con un
rolín* del que tiraban dos hombres y uno atrás empujando, para que el barro endureciera. Cuando tenía dos días ya se secaba mucho y había que meterle agua, se deja el fondo cubierto de agua para que no se estallara”. Junto con los cocederos, lo primero que se hizo fue el pozo para sacar agua y después las salinas. “El primer molino fue de vela, tenía ocho aspas de vela, unas velas pequeñas que no resultaba porque el molino necesitaba más potencia. Tenía que venir un vientito un poco rápido para que trabajara; si había poco viento, arrancaba y cuando llegaba a sacar arriba el agua se paraba. Entonces quitó mi padre el molino ese de vela y puso uno de aspas de hierro”, continúa explicando.
Los molinos (cuatro) lucen sus quietas estructuras inactivos “hace más de veinte años”, pero aún sale el agua del primero de los pozos gracias a un motor de gasoil. Tiene una profundidad de 14 metros. “Se vio al llegar al agua que ya había
jameo*, y cada vez que subía y bajaba la marea sacaba más
entullo* para que siempre tuviera agua el pozo. Entonces, con marea vacía se quedaba con 20 ó 30 centímetros de agua y a marea llena cogía casi dos metros”.
Sacos a la lancha
El almacén para depositar la sal lo construyeron enterrado, por debajo del nivel de las salinas, “para no estar
emparvando* sal, sino que se llegaba y se vaciaban primero las cestas, que había que cargar al hombro, después las carretillas con rueda de hierro hasta que empezaron a venir esas de la rueda de goma”. La producción anual era de siete a ocho mil fanegas, aunque un año alcanzaron las diez mil fanegas. En camiones que la llevaban a embarcar a los puertos de Arrieta y Arrecife, o directamente frente a Los Agujeros, donde fondeaban barcos de vela “con motorcitos auxiliares” como la
Evelia o el San Miguel de La Palma, viajaba hasta Santa Cruz de La Palma. Los sacos de 50 kilos los tiraban entre dos hombres sobre la cubierta de unas lanchas desde el borde de las rocas, donde todavía hoy se ve los restos de una pequeña obra que facilitara el acceso hasta el borde del mar: “nos gastamos un par de sacos de cemento para
fondear los hombres los pies”. También las factorías de Lloret y Llinares en Arrecife compraban la sal de Los Agujeros.
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Gregorio González, de Yaiza, uno de los trabajadores del actual arrendatario de las salinas./
Y. M. |
El tiempo que se tardó en construir estas salinas es difícil de precisar, dice Eugenio, “porque todos los años iba después haciendo un poco: en invierno, cuando no había sal que coger, hacía a lo mejor cien salinas, o cincuenta. Se empezó con media docena de cocederos y unas 430 salinas haciéndose seguidas. Después, se fue haciendo más y llegó a haber más de veinte cocederos y 1.700 salinas”. Su producción no se interrumpe sino unos pocos meses al año. “La zafra empieza en febrero, hasta que llueva: cuando pasa septiembre, la sal ya no cuaja tanto, es mucha menos; octubre puede ser un mes bueno de sal si no llueve, porque como viene el agua curtida de atrás, se hace. Pero noviembre, diciembre y enero son meses que no se hace sal”. Desde hace más de 15 años las salinas están arrendadas y Eugenio sólo se dedica a la agricultura./
Yuri Millares
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