Portada de la edición en papel
Diseño: Luis Jimenez Mesa

 

Sumario
Nº 19 de Enero 2006


El Reportaje
Pastores en trashumancia

Recuerdos
José Abu-Tarbush/Los jarandinos

Senderos
Pájara- Tiscamanita
David Bramwell/Último resto del bosque majorero

Mi Oficio
Nino el Cabrero

Patrimonio
Serie faros: La Entallada (Fuerteventura)

Menú
Restaurante Anthuriun

Bodega
Viña Frontera

Historia Oral
Eugenio, constructor de salinas


Número 19 - Enero de 2006

El Reportaje | PASTORES EN TRASHUMANCIA
De costa a cumbre

Un ganado trashumante en la presa de Los Hornos. Con el garrote (lanza del pastor grancanario) va José Mendoza./ Y. M.


Hasta hace relativamente poco tiempo, en todas las islas montañosas de Canarias existía el pastoreo de cumbre a costa. Los rebaños se trasladaban en invierno a cotas bajas (costa), donde hacía más calor y crecía antes la hierba.

Aquí las cabras adquirían la plenitud de sus facultades lecheras: habían acumulado reservas en los meses de secado y la digestibilidad del pasto, junto con un clima suave pese al invierno, les permitía expresar condiciones de altas productoras. Además, parían y con su leche se elaboraba el queso en cuevas que el intermediario pasaba a recoger.

Al irse agotando los pastos costeros, los animales emprendían un camino hacía la cumbre que a veces se detenía por un tiempo en medianías. Allí, por el frío, las plantas retrasaban su desarrollo y aún conservaban un buen nivel nutritivo cuando llegaban los ganados. Nuevamente en cuevas, se hacían los últimos quesos de la temporada y se soltaban los machos con la libido en su máximo desarrollo. La producción lechera descendía paralelamente al ardor cabruno, pero los animales seguían en el monte, incrementando sus reservas corporales para la siguiente lactación.

100% de mortalidad
Al final de este período, la dieta era arbustiva y, en algunos casos, basada prácticamente en codesos (Adenocarpus viscosus), cuya composición bioquímica producía una elevada mortalidad perinatal en los cabritos. En La Palma casi el 100 % de esas crías acodesadas morían al poco tiempo de nacer, circunstancia que conocían perfectamente los cabreros y que aceptaban, ya que estaban dispuestos a ese sacrificio a cambio de tener unas cabras bien alimentadas y en perfectas condiciones para iniciar la producción. En esos casos, una parte del rebaño (o todo, en años alternos) se reservaba para producir chivitas viables que, cuando se destetaban, pasaban a la “veta” (un lugar de difícil acceso, en la cumbre o en la costa, donde se recriaban solas porque se les impedía la salida).

Los cabreros sabían perfectamente hasta qué punto un pasto podía mantener al rebaño y que número de animales era el adecuado. Y lo que es más importante, sabían cuándo debían retirarse para poder aprovecharlo de la mejor forma al siguiente año. Sin duda, la composición vegetal de los espacios pastoreados se transformó con la llegada de los animales hasta alcanzar un nuevo equilibrio que incorporaba, dentro del sistema, a las cabras. Pero también los animales se transformaron adaptándose al medio: son curiosas las coincidencias que existen entre las cabras palmeras y las del sur de Tenerife en cuanto a peso, conformación equilibrada y globosidad de las ubres, características que las adecuan para desenvolverse en un medio a veces extremadamente abrupto y que las diferencian de otros genotipos más o menos cercanos, como las norteras o las majoreras

Esta forma de pastoreo proviene de los aborígenes. Así lo demuestran las investigaciones arqueológicas y las pautas de comportamiento agro y silvopastoril recogidas por antropólogos. Se trataba, en suma, de hacer un uso rotacional de las superficies susceptibles de ser pastoreadas, que los primitivos habitantes de nuestras islas manejaban con la máxima eficacia. Tras la llegada de los europeos la costumbre se seguía manteniendo con los antiguos aborígenes (los mejores conocedores del medio) como siervos de los conquistadores. Pero pronto empezaría a ser fuertemente limitada: primero, los pastores fueron expulsados de medianías donde estaban las mejores tierras de cultivo; con posterioridad, los eliminaron del monte supuestamente para “proteger” los espacios naturales; finalmente, fueron segregados de la costa cuando se inició el llamado “desarrollo” turístico.


Kiko el Cabrero hace un alto al borde de la Caldera de Taburiente, camino a la cueva de Piedra del Time donde dormían sus cabras todavía en 1998./ Y. M.

Gran pérdida
La creación de los espacios naturales protegidos asestó un golpe casi definitivo a la trasterminancia (o trashumancia) de cumbre a costa. Las autoridades del momento, sin base científica alguna y, por supuesto, sin contar con los ganaderos, decidieron que había que eliminar una convivencia entre animal y medio de 2.000 años porque era “perniciosa”. Y en esa época las decisiones administrativas no se discutían, por lo que los cabreros finalmente fueron expulsados de muchos sitios y tratados con métodos contundentes cuando la necesidad les llevaba a burlar las normas.

En los últimos años el pastoreo de cumbre ha desaparecido también en la isla de La Palma como consecuencia de la dureza de esta actividad. La extinción de estas pautas silvopastoriles representa una gran pérdida. Es por eso que el libro escrito por Talio Noda sobre las mismas y el magnífico documento gráfico realizado por Jorge Lozano y Loló Fernández en 1992 constituyen hoy testimonios imprescindibles./ Juan Capote (Investigador del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias en Valle de Guerra, Tenerife).

 


 

Publicidad

 

 


Rebaño de Caideros (Gáldar) llegando a la Cruz de Tejeda./ Y. M.

GRAN CANARIA
Veranos en Tejeda

La isla de Gran Canaria es la que mantiene más arraigada en su ganadería la tradición y la práctica pastoril de la trashumancia. La mayoría son pastores de oveja de distintas zonas del norte que mueven sus ganados entre la costa y medianías durante el invierno, hasta la cumbre en Tejeda el verano, aunque los hay que se mueven sólo en el norte y también hay alguno del sur que hace la mudanza desde la costa a medianías del mismo sur. La relación de pastores que practican la trashumancia (además del pastoreo) en Gran Canaria es de unos 16 en el norte, más otro en el sur.

Entre los que van a Tejeda, es normal que se agrupen dos o tres pastores en el mismo lugar de destino, cuidando el ganado por turnos. Entre el lugar de residencia habitual y el de destino en el verano, no obstante, hay estancias intermedias que se van realizando también durante semanas o meses. Así, José Mendoza, Pepe el de Pavón, está todo el año en continua mudanza con uno de los ganados más grandes de la isla: de enero a marzo en la costa (Cueva Nueva, cortijo de Tirma), de marzo a junio en las medianías del noroeste (cortijo de Pavón, Heredad de Moya), de mediados de junio a mediados de julio sube un poco (Montañón Negro) y desde los días de Santiago en julio va a la vertiente sur de la cumbre (presa Cueva de las Niñas, cortijo de Majada Alta) hasta septiembre que sube a Tejeda (Cruz de Tejeda, El Ventoso) y en octubre, con las primeras lluvias, vuelve a medianías altas del norte (Heredad de Moya, un mes; cortijo de Pavón hasta finales de diciembre)./ Yuri Millares