Las laderas que están al pie de la formidable pared vegetal de más de mil metros que delimitan El Golfo, ofrecen un paisaje singular de viña. Cargada de hojas verdes en verano, se vuelven doradas en el otoño y desaparecen en el invierno, hasta su tímida reaparición en primavera.
En este ciclo de la viña, cada época tiene ocupados a los viticultores en distintas tareas de cuidado de la planta y su fruto. Son tareas, en esencia, similares a cualquier otra viña. Pero en este rincón de El Hierro se pueden encontrar singularidades como el cultivo tradicional a ras de suelo de la planta, en laderas como la de Los Pulido con una fuerte inclinación y en un suelo volcánico cubierto de
picón (o lapilli), con variedades de la originalidad de la verijadiego negro y al viticultor poniendo en práctica un sistema de cultivo llamado
margulleo: enterrar viña para que de la misma planta
madre salgan otras nuevas alrededor.
Es lo que hace Juan Morales Padrón en sus tierras, con los pies enterrados en la ceniza volcánica, cavando zanjas y enterrando sarmientos de verijadiego negro de hojas color rojizo cuando el calendario señala el mes de noviembre. “Es un poco difícil trabajar por esta ladera, pero lo que da, compensa”, dice refiriéndose a la calidad de una uva que, en esta posición inclinada y orientada al noroeste, recibe la influencia benefactora del sol gran parte del día. “Se margullea y en dos o tres años da producción”, dice.
El cultivo de la viña en El Hierro, sin embargo, muestra poca renovación generacional. “Es más que nada un cultivo de afecto tradicional, de sentimentalismo y tradición familiar, se están abandonando fincas. El terreno es pendiente, la orografía es bastante inclinada y eso conlleva más sacrificios, no se puede mecanizar, todo cuesta más. Y hay que competir con otras producciones que están mecanizadas, son más llanas y producen más”, se lamenta Cayo Armas Benítez, presidente del Consejo Regulador de la DO Vinos de El Hierro. En su calidad de vicepresidente de la Cooperativa del Campo Frontera, en cambio, muestra con orgullo la labor de la
Vinícola, como llaman en la isla a la bodega insular, que acoge entre el 86 y el 88 por ciento de la producción herreña. La cosecha 2005 “se desarrolló muy bien”, asegura Cayo Armas, hasta que unas lluvias seguidas de una ola de calor en plena vendimia destruyeron el 60% de la cosecha. “La cooperativa cogió unos 280 mil kilos de uva y dejó de coger otros 240 mil”, añade. Pero la uva que se recogió “estuvo muy bien de calidad, incluso un poco mejor que la cosecha anterior”.
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Lorenzo y Juan en la ladera de Los Pulido, sobre el
pueblo de Frontera./ Y. M. |
Campañas de injerto
En una isla con predominio de la uva blanca desde hace siglos, los vinos de la Vinícola tienen su mayor producción en blancos. Pero ha habido un esfuerzo en los últimos años por incrementar la elaboración de tintos, ya que cuentan con variedades de uva negra de gran calidad. “El consejo regulador en colaboración con la cooperativa ha hecho estos años campañas de injerto para ir pasando uva blanca a negra. La verijadiego sigue siendo una gran uva, lo mismo que la bremajuelo, la uval y la baboso blanco, y no se quitan, pero la listán blanco (que aporta menos virtudes al vino) se está sustituyendo mediante injertos por baboso negro y verijadiego negro”, explica Cayo Armas.
El resultado de esta apuesta por las variedades tradicionales de El Hierro es una amplia gama de vinos en la bodega insular (con la marca Viña Frontera), que van desde los blancos secos (algunos de ellos monovarietales de bremajuelo y de verijadiego), a los rosados y tintos jóvenes y de crianza, pasando por semisecos, semidulces y, también, un tinto dulce y otro dulce blanco (este último bajo la marca Gran Salmor)./
Yuri Millares
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