Portada de la edición en papel
Diseño: Luis Jimenez Mesa

 

Sumario
Nº 18 Diciembre de 2005


El Reportaje
Marisco de profundidad

Recuerdos
Jacob Morales/ Las semillas de los antiguos canarios

Senderos
Tiscamanita-Pájara
David Bramwell/ Buscando la vida en el desierto

Mi Oficio
Juan Lemes, carpintero

Patrimonio
Serie faros: Orchilla
(El Hierro)

Menú
Restaurante Sami

Bodega
Tagoror

Historia oral
Guadalupe y Ramón y el burro ‘Perico’


Número 18 - Diciembre de 2005

Sendero | TISCAMANITA-PÁJARA
Entre dos vertientes y con un burro (I)

‘Beethoven’ camina con su jinete rumbo a la majada de las Tabaibas./ Y. M.


El viaje de ida de este sendero recuerda uno de los desaparecidos caminos, por falta de uso, que sirvieron de frecuente paso a los majoreros que pasaban de este a oeste en Fuerteventura entre zonas de cultivo de cochinilla igualmente abandonados. Hoy es un paseo con grandes vistas.

En la zona conocida como El Lomo y junto a las ruinas de una antigua tahona (molino de gofio que movía un camello), Fernando Roger Hernández se prepara para salir con el burro Beethoven: sobre su lomo coloca una sencilla albarda de tela de saco acolchada y en ella cuelga después una alforja que deja caer a cada lado una de sus bolsas con las provisiones (agua, higos pasados, támaras, unos huevos sancochados, pan de Tiscamanita) y utensilios para el viaje (sogas y la estaca para amarrar al burro en las paradas).

Se propone este guía majorero partir de Tiscamanita para ir al pueblo de Pájara y lo hace atravesando primero las casas del pueblo en dirección suroeste a Las Lucías, en el barranco del Mudo, zona de fincas de cultivo en la que había algunos pozos para uso del pueblo que han sido entullados (sepultados con escombros). Caminando ya hacia el oeste, a la izquierda queda la montaña Adrián, cuyos dos morros tienen una altura de 408 y 403 metros respectivamente. En su cima “hay grabados latino-pompeyanos”, señala Fernando Roger, “y en la base una cantera de donde se sacaba piedra para construir las esquinas de las casas”.

El último edificio del pueblo que divisamos en el barranco del Mudo, dejando atrás Las Lucías, es la quesería y corrales de Bernardo Beremundo Peña y Juana Rodríguez en la Vega Vieja. Fernando Roger detiene a Beethoven ante la entrada y llama a Juana para solicitarle un queso, que compra para añadirlo a las provisiones del desayuno que ha previsto realizar al final del ascenso que tiene ante sus ojos.


Atravesando Las Lucías, entre fincas de cultivo y alguna casa abandonada./ Y. M.

Ascenso por la majada
El barranco termina su cauce donde nace y bifurca sus orígenes en sendos barranquillos que ascienden a derecha (siguiendo unos postes de electricidad) e izquierda y este último camino (un poco más largo) es el que tomamos, subiendo hacia la majada de las Tabaibas hasta llegar a lo alto y divisar las dos vertientes de la isla: al este tenemos a la vista Tiscamanita y Tuineje, al oeste Toto y Pájara, al norte la cordillera que divide ambas vertientes con una de sus principales alturas (Gran Montaña y sus 708 m).

Es el momento de hacer uso de la soga y la estaca para estacar a Beethoven, que queda así amarrado por una de sus patas y con un radio para moverse del largo de la soga (un par de metros). La albarda queda convertida en mantel de picnic sobre el suelo de aquella cima y de la alforja salen el queso, los higos, las támaras, los huevos, el pan y el agua que constituyen el (segundo) desayuno del día, después de una hora de camino y un desayuno previo más frugal antes de la partida.

Toto por el barranco
Media hora de descanso y disfrute de las vistas y encaramos la segunda parte del viaje de camino a Pájara, ahora en descenso desde la degollada del Cortijo hasta alcanzar, en poco tiempo, una pista de tierra que se dirige a las primeras casas que nos cruzamos en el otro lado de las montañas que acabamos de atravesar: es el cortijo de Toto. La pista se convierte en calle asfaltada después de una escombrera que no debería estar ahí. Llegamos así al cauce del barranco de Pájara, de nuevo en pista de tierra al alcanzar un pozo con motor y un viejo olivo. A los pocos minutos (llevamos una hora de camino desde el desayuno en la cima) pasamos junto a la aldea de Toto y el abrevadero que usan los rebaños de cabras de la zona. Escondida entre sus casas, la ermita con su San Antonio, a quien las muchachas tiraban de los cordones para pedirle novio.

En media hora más, siguiendo por el barranco, llegamos al pueblo de Pájara, que atravesamos por su calle principal hasta llegar a Casa Isaítas, nuestro punto de destino, descanso, cerveza y, después, almuerzo con potaje de lentejas, tortilla, ensalada de tomate y, de postre, beletén con miel de palma. Desde aquí partiremos para regresar por la majada de la Rendija, siguiendo la ruta que los vecinos de Pájara hacían para llevar sus granos a moler a los molinos de Tiscamanita, pero será en la próxima entrega./ Yuri Millares

Distancia y tiempo

El camino entre Tiscamanita y Pájara tiene varias rutas que durante siglos han practicado los majoreros. Hoy están prácticamente abandonadas. En esta ocasión salimos del primero de estos pueblos con el guía majorero Fernando Roger (se pueden contratar sus servicios para realizar excursiones como ésta en el 629 851 794) por el sur hacia la majada de las Tabaibas para recorrer, en tres horas, unos 8 kilómetros. / Ilustración: Y. M.


 

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Parada para comer queso y támaras
, en lo alto de la cordillera que separa las vertientes este (Tiscamanita) y oeste (Pájara) de Fuerteventura./ Y. M.

CUADERNO DE CAMPO
Buscando vida en el desierto

No se puede decir que los llanos y las colinas del este de Fuerteventura sean de los lugares del archipiélago más ricos en flora, aunque su avifauna sí es de las más interesantes. En general, esta parte de la isla se parece bastante a una extensión del desierto del Sahara. Algunos de los barrancos, sin embargo, albergan pequeños bosques de tarajales y palmeras y una serie de plantas halofíticas como la Chenoliodes tomentosa, la ratonera (Forsskahlea angustifolia) y varias especies de Salsola y Sueda.

Mi primera impresión de esta parte de Fuerteventura la tuve durante una excursión con don Enrique Sventenius, en el año 1969. Realizábamos una visita de una semana con la intención de conocer la rica flora del Pico de La Zarza, en la península de Jandía. Sventenius también quería visitar a un antiguo amigo suyo en Betancuria, así que pasamos un par de días explorando el área entre Tiscamanita y Betancuria y, posteriormente, entre Tiscamanita y la costa. Tenía una sensación inicial de tristeza, por la falta de vegetación. En aquella época, estaba más habituado a la laurisilva de Anaga y de La Gomera y a la rica flora de la Punta de Teno o de Las Cañadas del Teide, pero Don Enrique me enseñó a buscar cosas interesantes entre las piedras secas y en la sombra de las rocas, plantas endémicas como el tomillo (Micromeria varia ssp. rupestre), la jarilla (Helianthemum thymiphyllum) y el tajinaste (Echium bonnetii var. fuerteventurae).

Recuerdo su alegría cuando encontró una pequeña e inesperada población de la Pulicaria canariensis, diciéndome que, a veces, los diamantes aparecían en los sitios mas inhóspitos. Eventualmente, encontramos una pequeña charca de agua dulce en uno de los barranquillos y pasamos las ultimas horas de la tarde observando las aves que venían a “su” bebedero: las tarabillas, las gangas y una solitaria hubara. Durante el regreso a Betancuria, don Enrique me preguntó qué iba pensando y le contesté que estaba reflexionando sobre el desierto y cómo está lleno de vida si sabes buscarla./ David Bramwell (Director del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo).