Nacido en Tao y “de la pila de Teguise”, en Lanzarote, Juan Lemes es un artesano que empezó con 15 años y a los 72 sigue haciendo múltiples trabajos, sobre todo con madera. Ha construido barcos y chalanas, molinas de gofio y, sobre todo, hecho muchos timples de calabaza de su invención.
La Vegueta es la aldea donde Juan Lemes Lemes vive en la actualidad desde que se fue para casarse con 25 años, tras un largo noviazgo (“Estuve
hablando con mi mujer 10 años”, dice él). En Tao, asegura, “éramos la familia más pobre: mi padre era caminero, empleado de Obras Públicas para la carretera y yo estuve en el colegio hasta los 14 años”. Entonces, ya con 15 años empezó a ir a Teguise “en un burro a la escuela de artesanía de Simón Morales Tavío, el que hacía los timples”. Aunque lo pusieron a hacer loza de barro (lo que llama “el
picadillo canario, una especie de talla”) se fijaba en el citado maestro Simón y hacía algún timple por su cuenta, sólo “mirando” para aprender. Pasaron algunos años, de eso hace unos 40, cuando un día encontró el mástil de un timple y no tenía dónde adaptarlo, así que “se me ocurre adaptarlo a una calabaza”. Así inventó el timple de de calabaza, que desde entonces construye y vende con éxito.
Pero a lo largo de su vida profesional, Juan Lemes ha llevado una extensa trayectoria como carpintero de especialidades muy diferentes. Trabajó 12 años como carpintero de ribera haciendo barcos y ahora aún fabrica pequeñas embarcaciones de tres metros: “estoy haciendo chalanas de chapa marina; incluso tengo ahí chapa marina y una popa –señala al interior del taller–, que como soy artesano con carnet me voy este año a la feria de Mancha Blanca y voy a hacer allí una demostración de cómo se hace una chalana”.
Su aprendizaje para convertirse en carpintero de ribera lo sitúa “trabajando en Arrecife con maestro Tito, un carpintero fabuloso que ya murió, primero en el Charco de San Ginés, al lado del Cabildo viejo. Ahí hacíamos barcos de 15 y 20 metros”.
|
 Marcando con el lápiz
para guiarse al cortar la calabaza./ Y. M.
|
Cabotaje a La Palma
La madera la iba a buscar personalmente a La Palma, a donde iban “barcos de vela y de motor que había; de vela quedaban pocos, como el
Sobrino, que daba algún viaje de cabotaje y traía. Llegué a ir dos veces. Pero había trabajado allí también seis años”, precisa, como encargado de un taller de carpintería y tuvo la ocasión de ejercer como carpintero de ribera: “trabajé en el
Fausto, un barco que se perdió en Venezuela. Lo hicieron unos señores que eran muy amigos míos, los Hidalgo, en Santa Cruz de La Palma. Ese barco se reparó sin tirarse al agua tres o cuatro veces, porque lo hicieron y estuvo muchos años ahí en seco, pasaba de un señor a otro que también lo vendía”.
De regreso a Lanzarote llegó su período con maestro Tito y de ahí “me fui a trabajar al hotel Las Salinas haciendo unos moldes en el techo que se pueden ver todavía”. Pero donde más estuvo ejerciendo fue en el Museo Agrícola de Tiagua: 20 años, hasta su jubilación, fabricando “la molina, el molino que tiene 20 metros, la tahona y todo lo que es de madera, aperos del campo, etc.”. Y pese a todas esas actividades, nunca dejó de hacer timples (“A mí me encantan más estos timples de calabaza porque son más dulces”) y “otras cosas”: arreglando los toneles; haciendo carros para romerías; de relojero también, “bueno, ya no porque tengo un ojo operado y no veo mucho, pero si el reloj es grande...”, concluye riendo./
Yuri Millares
|